miércoles 21 de diciembre de 2011
jueves 1 de septiembre de 2011
(El pesa nervios)
lunes 29 de agosto de 2011
martes 2 de agosto de 2011

domingo 24 de julio de 2011

No lo sé.
Intento encontrar el foco.
Siento que cada centímetro de mí se mueve y paraliza por esta tartamudez intoxicante
¿Por qué no paras de una vez?
¿Qué es esto?
Me hace sentir extraña,
m...A.r....E.a.D....a,
Pero yo,
Tal vez necesite sólo un descanso.
Esa era mi misión.
... Sólo no quiero recordar los golpes y descuidos que me llevaron a sentirme así.
viernes 22 de julio de 2011


Por meses fueron la única parte de la realidad que reconocía como propia.

Muchos trataron de definirla, de definirme.
Mis latidos no se detenían, por el contrario, se hacían cada vez más rápidos.

Ahorita estoy en ese vaivén sin sentido, en mi sombra que me destruye una y otra vez sin dejarme levantar.
Sólo quiero poder volver al mismo punto de equilibrio donde todo estaba en su lugar.

Don.. lalá lalá lala
miércoles 1 de junio de 2011
viernes 1 de abril de 2011
jueves 31 de marzo de 2011
domingo 27 de marzo de 2011
sábado 19 de marzo de 2011

DIEZ LEYES


3. TIEMPO. El ahorro de tiempo simplifica las cosas.




8. CONFIANZA. Confiamos en la simplicidad.


martes 8 de marzo de 2011
miércoles 2 de marzo de 2011

El pasado se convierte en principio de acción para el presente.
En este caso, las asociaciones que acuden a mi mente,
dependen de la semejanza
y no de la contigüidad,
y más que asegurar mi propia identidad,
intento buscar explicación a mis analogías.
Se podrá decir entonces,
en una primera aproximación,
que la memoria literal,
sobre todo si es llevada al extremo,
es portadora de riesgos,
mientras que la memoria ejemplar
es potencialmente liberadora.
Cualquier elección no es, por supuesto, buena;
sin embargo,
todas ellas pueden ser evaluadas con ayuda
de los criterios universales y racionales
que sostienen el diálogo entre personas,
lo que no es el caso de los recuerdos literales e intransitivos,
incomparables entre sí.
El uso literal,
que convierte en insuperable el viejo acontecimiento,
desemboca a fin de cuentas
en el sometimiento del presente al pasado.
El uso ejemplar; por el contrario,
permite utilizar el pasado con vistas al presente,
aprovechar las lecciones de las injusticias sufridas
para luchar contra las que se producen hoy día,
y separarse del YO
para ir hacia el OTRO.
Tzvetan Todorov
Los abusos de la memoria
(2000)
martes 1 de marzo de 2011
domingo 27 de febrero de 2011

Pero realmente se dio cuenta de que todo ese tiempo le sobraba.
Quería encontrar una forma de borrarlo, reducirlo, matarlo, cortarlo, comprimirlo, frag men tarlo.
Sintió que ya no estaba viviendo por el momento porque no existían momentos.
Él simplemente existía, estaba un día más –eternamente–.
Vivía en una eterna fantasía, un sueño que lo atrapaba en el presente sin miras a futuro, sin pasado, sin querer despertar de verdad.
Ella volvía a vivir en su pasado.
Una y otra vez se encontraba buscando algún detalle que le permitiera ir con él
–como antes–
Retrocedía en sus sueños al lugar donde lo había conocido, donde se vieron por primera vez, en el que compartieron lo que eran y querían ser.
Despertaba de nuevo, entre saltos, y soltando una pequeña lágrima se repetía que sería feliz de nuevo.

Él había perdido el tiempo y espacio que consideró de sobra.
Dejó de esperar, de descansar, de leer, de escuchar.
Se dedicó a hibernar en el lugar que escogió.
La esperanza abría camino de nuevo en su vida.
Pero seguía viendo todos los días como iguales, como una rutina, un círculo que no terminaba y permanecía constante diariamente.
Ella sueña durante el día y la noche, todos los días.
Se culpa por no poder encontrarlo, por no poder reconocerse en él para así volver
a estar a su lado.
Constantemente escapa a todos aquellos sueños en los que veía a todas aquellas personas que ocuparon un gran espacio dentro de ella.
Se levantó de nuevo, apagó la luz y decidió despertar de una vez por todas.
Despertar para dejar ir las cosas, para no seguirse haciendo daño, para no seguir viviendo en el pasado, perdiendo el presente y alejando el futuro.

Él busca despertar de sus sueños. De esa irrealidad creada por miedo a estar solo. A no encontrarse en ningún sitio donde ella no estuviera.
No lograba despertarse.
No encontraba de dónde aferrarse para impulsarse hacia el presente.
Se le ocurrió dejarse caer hacia atrás, regresar a ese punto donde se había quedado.
Logró llegar al olvido. A ese lugar donde el tiempo envolvía sus horas entre sonrisas y ganas de seguir adelante. De construir un futuro juntos del cual no despertarían jamás.
Ella cerró los ojos, se dejó caer en la cama y se dispuso a dormir como siempre. Sin buscar soñar en un punto específico.
Sólo quería descansar sin tormentos ni fantasmas que la persiguieran.
Quería sentirse bien.
Y decidió darle una oportunidad a esa cotidianidad de la que tanto renegó.
Quería abrirse a una nueva historia, a un comienzo donde pudiera ubicarse y encontrarse.

Al caer, el tiempo los envolvió. Ambos alejaron sus recuerdos, sus particularidades, sus formas de buscarse entre sí. Abandonaron ese espacio que los mantenía aislados de sí, de todo lo que los conformaba como seres ensimismados. Aceptaron que “nada los libra, que nada más queda”. Recordaron que sus vidas se unían en las cosas que compartían, que los hacía uno solo. Por esto, dejaron atrás los secretos, la oscuridad, las situaciones extrañas para preguntarse mutuamente:
“¿qué haremos de ahora en adelante?”
viernes 25 de febrero de 2011
1 de junio de 2007
“Londres.
Llegada a primeras horas de la noche.
Luego de vuelos retrasados, maletas perdidas y un conjunto caótico de personas viajando.
Primera vez que viajaba en sentido contrario al de la rotación de la tierra.
Hacía mucho frío.
Mi cara se enrojecía y tonificaba con el fuerte y helado viento.
El cielo me enamoró. Se encontraba despejado en su totalidad y estaba decorado con millones de estrellas que titilaban con rapidez.

Subí a un taxi y este me llevó a mi nuevo apartamento.
Se detuvo, bajé mis maletas y subí la mirada para admirar el nuevo sitio.
Mi piso era el segundo y tenía un pequeño ático que me regalaba unos metros más de espacio.
Desde él se apreciaba una vista hermosa que nunca imaginé con exactitud. El río Támesis y su Tower Bridge me daban la bienvenida a un nuevo comienzo con el que decidí descansar de las horas de viaje.
Desperté, abrí las ventanas y por ella el bullicio del frecuentado Caffe Paradiso me daban ganas de correr a observarlo en persona. Las animadas tiendas y calles que estaban alrededor de la Wellington Street se encontraban llenas de gente que parecían sonreír a todo.
El resto del edificio se encontraba en silencio desde anoche. Decidí visitar algunas habitaciones y sólo se podía observar una cantidad obscena de objetos y adornos lujosos que no permitían mantener una conversación que superara los 2 minutos y medio.
Salí a deambular un rato. Me sentó atraída por cada uno de los antiguos y nuevos edificios vecinos. Algunos, de ladrillo, se encontraban bastante desgastados, descoloridos, descuidados, deshabitados. O quizá, algún fantasma había hecho de aquél sitio su guarida segura.
Me encontré con una librería pequeña que contenía millones de libros. Esos que ya no se consiguen tan fácilmente o que quizá jamás imaginé que existían. La atendía un tímido joven que mantenía la mirada en el piso. Una capa de polvo forraba cada uno de los tomos. Escondiendo alguna de las letras de su nombre. Otros, se encontraban mordidos por el tiempo que pasan esperando ser rescatados del olvido.
Por pocos minutos, encontraba mi mirada cruzada con la del muchacho. En esos pequeños instantes en los que él levantaba la mirada para chequear el reloj antiguo de madera pegado a la pared de la entrada. Seguí dando vueltas por los estantes mientras hojeaba las novelas y textos que alguna vez me gustaron. Desde ahí, a través del cristal, contemplaba detenidamente el color de la ciudad, la felicidad de la gente, las sombrillas de color de los cafés, el piso cubierto completamente de pequeñas piedritas y de un señor canoso que repetía sin parar “los beneficios no significan nada hoy en día”.
En ese momento decidí salir de ese lugar. Caminé unas cuadras sin detenerme hasta que unos balcones con baranditas de hierro forjado llamaron mi atención. Eso me llevó a recordar aquellas pesadillas que de vez en cuando me perseguían cuando el estrés me lograba dominar. Cerré los ojos y me sentí dentro una bruma que mantenía mi cuerpo como suspendido, paralizado. Pero, ¿por qué ese recuerdo me seguía de esa forma inexorable?
Me pareció escuchar su voz, ver sus ojos. Pero no logré entender lo que decía. ¿Será que llegó a aprender aquél idioma que tanto lo atraía? Ese pensamiento me llevó a pensar de nuevo en su paradero, en su vida, lo que estaría haciendo en ese momento, lo que haríamos si estuviésemos juntos en Londres –como muchas veces lo planeamos–.
Una fuerte brisa helada me despertó de golpe. Me trajo de vuelta a la calle, a la movilidad de mi cuerpo para seguir mi paso sin mirar a los lados. Me sentí abrumada, sobresaltada y con unas ganas enormes de encontrarlo. Llegué extenuada a mi apartamento. Eran las 6 de la tarde, pero parecían las 8. Entraban por la ventana matices variados de luces acompañados de una música estrepitosa que competía con el caos del ambiente que me rodeaba. Me quedé dormida.
La vibración de un celular, las carcajadas de varios hombres en el parque, el llanto de un bebé en una habitación cercana, la corneta de los carros, el ladrido de los perros, el canto de los pájaros, el paso acelerado de una pareja que camina para ejercitarse, el cortador de la grama y unos poemas recitados por jóvenes ingleses alejan de una vez por todas mi sueño.
Me levanté, me arreglé y decidí acabar con todas las dilaciones generadas el día anterior recorriendo un poco más de Londres. Era suficiente ya la confusión y sensación de desequilibrio por la que había pasado. Quería decirle adiós a mi precipitada y alocada emoción ante lo sucedido. Me senté en un banquito que estaba –frente a un viejo edificio con letras desgastadas– en una plaza. Ahí te encontré, paseando por las casitas de colores.
Subí la mirada e intenté pasar como desapercibida. En realidad, no sabía cómo comportarme. Cómo mirarte. Cómo quedarme tranquila como si nada pasara, como si no te hubiese visto. A los pocos minutos me encontré temblando en medio de mis dudas, los recuerdos, la falta de respuestas o el exceso de preguntas.
Arriesgado, como siempre, te me acercaste. Viniste hacia mí justo como lo habías hecho una y otra vez en mis sueños. ¿Sería parte de una loca imaginación? ¿Realmente estabas ahí, frente a mí? ¿Estaba soñando nuevamente? Cerré los ojos, los apreté un poquito y los abrí de nuevo. ¡Seguía ahí, mirándome! Se veía un tanto frágil y tímido mientras analizaba cada uno de mis movimientos, gestos, miradas. Así, percibí esa fuerza que lo caracterizaba, que salía de su modo de ser reflexivo. Ese que lo llevaba a pensar dos veces las cosas antes de actuar o decir algo por impulso.
Lo observaba mientras imaginaba cómo ordenaba y escogía cuidadosamente cada palabra que diría. Sabía que no volvería a arriesgar nada sin revisar antes cada ángulo. Repentinamente, se apartó de mí. Se colocó detrás de la fuente de flores. Para ese entonces nos separaba un grupo de estudiantes ensayando una obra de teatro. Me atravesé en medio de ellos sin detener mi paso. Lo vi caminando alrededor de la fuente, dando pequeños saltos sobre las piedras más grandes del piso.
Empezó a oscurecer. El frío invadía todo a su paso. Él empezó a cambiar su rostro suave y relajado por uno más duro y distante. Yo podía seguir ahí sólo mirándolo, pero él no. Pude observar cómo se alejaba de mí con cada paso que daba. Siguió caminando sin voltear hasta llegar al cruce de la avenida, desde donde volteó para enviarme un gran abrazo y un saludo con su mano. Saludo que era nuestro “saludo”. Cerré mis ojos para recibirlo, para dar por vistas las respuestas que siempre necesité. Abrí mis ojos y supe que no volveríamos a vernos. Que ese gesto era todo lo que podía darme porque ya lo demás me lo había entregado en algún momento, porque las palabras que podía pronunciar seguirían haciendo daño de una y otra manera.
Retrocedí de nuevo todo lo que habíamos avanzado y un camino alumbrado por velas me llevó hasta mi nuevo apartamento. Donde destapé un vino y brindé por no dejar que las cosas me conmuevan tan fácilmente, por hacer lo que quiero, por no darle más paso a la soledad o a la desolación, por no seguir en estado vegetal ante el televisor o inmóvil en las noches oscuras donde el alcohol no es suficiente para alegrarme, por no seguir esperando a quien no me espera ya”.










